Tendencias organizacionales

     La empresa del siglo XXI se caracteriza por el manejo estratégico de la información. De eso no hay duda, sobre todo aquellas empresas que han sobrevivido las etapas preliminares de optimización en el uso de recursos, así como de implantación y auge de la tecnología, y que ahora se enfrentan al reto de mantenerse en los inicios de un nuevo sistema económico. Acorde con esta transformación, la empresa como organización social, deberá innovar su modelo administrativo, migrando hacia el dinamismo y la flexibilidad. (Rincón y Romero, 2002).

     En este sentido, la división del trabajo y la especialización seguirán siendo, como en el pasado, parte  de las investigaciones en la ciencia organizacional, ya que para acompañar estos descubrimientos conceptuales de la época era necesaria una estructura empresarial jerárquica caracterizada por la rigidez, la burocracia y la formalidad. Sin embargo, alternando con esta visión de las organizaciones, se encontraba la mano invisible del mercado, a la cual había que dejar actuar puesto que cualquier forma de intervención resultaría contraproducente y se requería un control férreo de la empresa y de sus trabajadores para alcanzar situaciones de equilibrio.

     Coincidiendo con Rincón y Romero (2002), se debe admitir que las organizaciones burocráticas, tradicionales, formales y con estructuras jerárquicas en los que priva el principio de la autoridad, no aceptan los cambios de buena manera, y el cambio tecnológico no iba a ser una excepción a esta regla. Sin embargo, la reflexión de transformación de la estructura tradicional de la organización, no vino de la mano de la tecnología en sus etapas iniciales, fue el estancamiento propio del sistema económico, lo que la originó. Después de todo, la economía clásica era una economía de oferta.

     Se trataba de salir al paso a las crisis económicas y sociales a las que se enfrentaba la sociedad, y esta apertura en la cual se permite al Estado intervenir en la economía a través de regulaciones, trae también consigo un cambio en la forma como se concibe la empresa, pasando de un sistema cerrado a un sistema que interactúa con un ambiente externo. Comienza la época de la economía en valores agregados, la macroeconomía. El cambio hacia una visión naturista, propuesta por Rincón y Romero (2002), coincide con este cambio económico.

     Por supuesto, los avances tecnológicos le dieron impulso a un sistema de máxima ganancia que amplió sus fronteras en el marco de la globalización. En este sentido globalización y tecnología son variables que fluyen en la misma dirección. Esta visión inclusive es contradictoria con algunos conceptos, todavía en estudio por la ciencia económica, como la premisa que considera a la tecnología como una limitante en la producción en el corto plazo, dada la dificultad de efectuar cambios rápidos en la producción que vengan de la mano de cambios tecnológicos. Recuérdese que generalmente, la tecnología es una cualidad de los activos fijos.

     En otro nivel de análisis, los cambios tecnológicos generan un exceso de expectativas cuya influencia en el clima organizacional, y por ende en el cumplimiento de objetivos, debe ser revisado para no sobre dimensionar su importancia. La importancia de un factor de producción será determinada por una multiplicidad de factores, por lo tanto no se trata de una verdad absoluta que el cambio tecnológico por sí mismo conlleve a un cambio en las estructuras de las empresas.

     No se cuestiona su importancia en el cambio organizacional, tampoco la existencia del cambio mismo, pero este proviene en primer lugar de la concepción del ser humano como centro de la organización, lo cual conlleva a la necesidad de flexibilizar su estructura y humanizar su funcionamiento, acercándolo más a la satisfacción de las necesidades individuales y colectivas.

     La tercera visión de Rincón y Romero (2002), la ecologista, es la que más se acerca a esta realidad; sin embargo, se contradice en su idea central que establece la necesidad de colaborar para competir, disimulando el mismo objetivo de máxima ganancia que se encuentra en el origen mismo del sentir empresarial, con valores compartidos y humanistas.

     No hay acuerdo con las autoras en la premisa que establece que la organización es un organismo vivo porque es capaz de evolucionar y adaptarse; por el contrario, la organización es un organismo vivo porque forma parte integrante, de manera indivisible de un todo mayor que es la sociedad, cuyo eje central es el hombre. Por lo tanto, la preocupación de la empresa por su desarrollo integral es válida y creíble, por muy simplista que parezca esta concepción, en el contexto de que sin la persona sería imposible su evolución, ni siquiera su existencia.    

     Cada visión de organización es fruto de la sociedad que le da origen, por lo tanto son válidas para los contextos en los que surge cada una de ellas. De hecho, el cambio de visión es consecuencia de un cambio social, ya sea por la irrupción en el escenario de alguna crisis, o por la necesidad de corregir fallas estructurales en el sistema económico.     

     La visión que se comparte con Rincón y Romero (2002), es que la organización del futuro es una organización más inteligente, capaz de convertir una aparente desventaja en una oportunidad, con manejo de información estratégica, y cuyos líderes requerirán habilidades que no se encontraban en los estilos gerenciales que le precedieron.   

     En este sentido, la organización del futuro concede espacios de participación a sus colaboradores, clientes, proveedores, sector gubernamental y sociedad civil. Entiende la importancia de la toma de decisiones en situación de incertidumbre e inestabilidad y asocia sus expectativas futuras con el bienestar y satisfacción de sus empleados. Esta organización tiene capacidad de aprendizaje porque no cuestiona a priori y no considera válida una visión parcial de una realidad compleja.

     Es de señalar que la influencia de clásicos como Weber persiste hasta nuestros días en la burocrática Administración pública, cuyo modelo formal, jerárquico, formalizado ha entrado a la escena del cambio de forma mucho más brusca que el sector empresarial. En este contexto, ha sido la presión por legitimarse lo que ha llevado al Estado a abrir sus fronteras, y pasar de un sistema cerrado a un sistema que acepta la participación y la corresponsabilidad; y en este ensayo y error, cuyo costo social es incuantificable, se encuentra actualmente.

     A nivel gubernamental, constituye un reto en sí mismo, darle formalidad a una estructura heterárquica, que de paso a la anterior estructura jerárquica, que valore la autodeterminación y la autonomía, con la confianza suficiente para delegar la toma de decisiones, y en las cuales el control es un proceso posterior sustituido inclusive por procesos de interacción y comunicación constantes. En este sentido, el cambio en primer lugar es de conciencia y de valores éticos y morales.

    La gerencia pública tiene mucho que aprender de la gestión privada, en materia de innovación y adaptación a los cambios, y sin rubor, en el área de eficiencia, eficacia y efectividad. Por su parte, la gerencia privada debe mirar hacia la gestión pública en sus alianzas de solidaridad y cooperación con la comunidad. Después de todo, aun cuando sus objetivos específicos son diferentes, comparten como objetivo general el bienestar del ser humano. 

     La historia económica está contada desde la perspectiva de los países desarrollados, aquellos que evolucionaron superando cada etapa del devenir socio-económico; otra es la visión desde los países emergentes que llegaron tarde a esta repartición, y por lo tanto, han tenido que conformarse con tratar de ir superando brechas y desigualdades.

     Al igual que el pasado, el sesgo organizacional persiste, ya no desde el punto de vista de un sistema cerrado o abierto, flexible o inflexible, sino desde la comprensión en toda su dimensión de la estructura del ambiente externo, el cual está compuesto no solo por consumidores y por el resto de las empresas; sino por la sociedad civil y el Estado, cuya influencia, poder y presencia debe ser considerada como un hecho y no como un invitado inoportuno del cual nadie quiere saber.

 

Referencia Bibliográfica

Rincón, M., Romero, M. (2002). Tendencias organizacionales de las empresas.

 

 

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