Mirando una cajita de madera paso ahora mis días y mis noches. Solo el sabor salado de mis ojos, me recuerda que yo estoy fuera y tú ya no estás. No sé cuándo me permitirán entrar para estar contigo, no sé si tú quieres que yo esté ahí. Te necesito viva, pero Dios en su inmenso y permanente sarcasmo dice que no.
Vivir esperándote es morir cada día, pero nunca fue más dulce la muerte que cuando pienso que pronto algún día volveremos a vernos amada mía. Recuerdame en tus pensamientos por favor, esa parada al lado de tu cajita soy yo, tu hija.
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