11 de septiembre


Faltan pocas horas para que termine este 11 de septiembre aquí en Venezuela y como todos los años recuerdo que un día como hoy, pero del año 1973, mi vida cambió para siempre. Para muchos fue el final de sus vidas, para otros un largo viacrucis de rabia, dolor, ira contenida y frustración frente a todo lo que en Chile ocurrió.

Para mí,  dejando entre paréntesis, las heridas físicas y emocionales de mi padre, significó la crianza en un país extraño, con otras costumbres, con otra cultura,  sin primos, sin tíos, sin abuelos y sin amigos. El estigma de una soledad material y espiritual que ha sido mi eterna compañera de viaje, el desapego y desarraigo, la vida errante y el sentido de no pertenencia al hogar.

Durante años he tratado de pensar en términos colectivos y sociales, huyéndole lo más que puedo a la naturaleza de mi historia. Hoy tratando de ser sincera quiero manifestar mi indignación frente a la pregunta que no me hicieron, por las decisiones que se tomaron sin pensar en mi, por mi derecho a vivir en mi tierra y con mi gente, con la gente que entiende el uta oh y el buuuh, que le pega el frío del invierno y el calor del verano, que se comen una empanada en este mes y un mote con huesillo que extraño con el alma.

De nada sirve reclamar injusticias pasadas, pero solo para vaciar mi copa antes de que suene la campanada, quiero expresar mi tristeza, esa que me dejó de herencia la dictadura, por ustedes los amigos que pudieron ser, por mi familia que ya no está, y por mí y la vida que no fue. 

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