Aprendí la importancia de saber hacia dónde voy, para no caminar en círculos, y terminar en medio de ninguna parte. Aprendí a respetarme y a respetar a los demás, incluidos aquellos que no tienen la razón, para que no me humillen luego sobre la base de mis decisiones.
Aprendí a no crear ideales que no traen consigo acciones para demostrar su valides. Aprendí a hacer siempre lo que me produce alegría después que lo haga, sin culpas ni remordimientos, porque no lastimé a nadie, incluida yo misma. Aprendí a escuchar en mis silencios, y a hablar hasta el cansancio sin importar quién me escucha.
Aprendí a no desesperarme, y a no tener premura por llegar a ninguna parte, porque el punto final es siempre el mismo y lo interesante es el paisaje del camino. Aprendí a visualizar en verde, y a creer en ángeles sin esperar que me resuelvan la vida, sino que solo existan haciendo el inmenso universo, más hermoso, más humano y más divino, haciendo que la palabra vivible tenga sentido y resulte asombrosamente entendible.
Aprendí a pensar en el amor como algo posible, no como historias asombrosas, no como ilusiones imposibles, sino como el abrazo fuerte que te anima y reconforta, como la palabra dulce que te llega cuando más la necesitas, como el amigo, como la hermana, como el hijo, como la madre.
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